Toda ciudad que se abastece de agua de ríos que arrastran
aguas desde cuencas mineras, bebe arsénico. La solución
más radical para eliminar este producto la establecieron
los canadienses que dictaron una ley que prohíbe
operar minas que se encuentren en las contigüidades
de ríos que sirven a ciudades de más de 200
mil habitantes. O las obliga a construir canales de desfogue
totalmente independientes de la ruta principal de las aguas.
¿Vamos a probar una solución como esta para
Lima, Cajamarca, Huaraz, Espinar y otras áreas del
país?
Pero para los países en los que es muy difícil
aplicar la fórmula canadiense se utilizan estándares
técnicos con los que los Estados definen los límites
en que un grado de contaminación puede ser o no peligroso
para la salud.
Revisemos los límites máximos permitidos de
arsénico para agua potable en varios países:
| Perú |
Brasil |
Chile |
Bolivia |
Ecuador |
USA |
Canadá |
Alemania |
| 0.050 |
0.050 |
0.050 |
0.050 |
0.050 |
0.050 |
0.025 |
0.040 |
La medida es de
microgramo por litro.
Fuente: CEPIS, DIGESA |
A su vez existe la recomendación OMS de reducir
el arsénico hasta 0.010 microgramos, que en buena
cuenta implica que cuanto más cerca de cero esté
la marca, la opinión médica será mejor.
Ya dijimos que esa meta sólo podría cumplirse
cerrando la totalidad de los elementos contaminantes que
afectan las aguas en su ruta hacia los centros de potabilización.
Respondiendo a una denuncia periodística sobre un
supuestamente “preocupante nivel de arsénico
en el agua” (primera página de El Comercio,
22 de mayo de 2005), la Dirección General de Salud
Ambiental (DIGESA), presentó un informe sobre la
calidad del producto que la empresa Sedapal distribuye en
la ciudad de Lima.
En base al análisis de muestras recogidas en diversas
zonas, a cargo de un laboratorio independiente, la entidad
supervisora llega a la conclusión que el agua de
Lima no es tóxica y no representa ningún riesgo
de salud para la población. El informe consigna que
en dos puntos de Villa el Salvador los índices son
de 0.012 y 0.011, en Miraflores de 0.009, en San Juan de
Lurigancho de 0.009 y en Comas de 0.010.
Es decir, sobre cinco muestras: el conjunto estaba muy por
debajo de la norma nacional; dos estaban ligeramente sobre
la recomendación de OMS; una en la línea de
OMS y dos por debajo de este dato.
La mayoría de medios tradujeron el informe DIGESA
como que se había descartado todo riesgo de daño
a la salud en el agua de Lima.
Sólo “El Comercio” tituló a la
inversa: “DIGESA confirma niveles de arsénico
en el agua”
O sea según el diario más poderoso de Lima,
ellos tienen la razón, aunque estén equivocados.
Que haya niveles de arsénico en el agua de Lima,
es tan científico como afirmar que hay anhídrido
de carbono en el aire. Y que los índices de Lima
estén fluctuando alrededor de la recomendación
de OMS, debería suscitar una felicitación
para una empresa que debe lidiar con un río enfermo
como es el Rímac.
Lo que no había era motivo para proclamar la alarma
en la ciudad, hablar de riesgo de cáncer y lento
envenenamiento de los habitantes de la capital, que fue
lo que se hizo con la denuncia periodística de mayo.
Más aún para sostener que como consecuencia
de su investigación lo que correspondía era
entregar el control del río Rímac a una nueva
administración rebajando el papel de DIGESA, Municipalidad
de Lima, Sedapal, a favor del CONAM (Consejo Nacional del
Ambiente), que es un membrete estatal para un consorcio
de la Sociedad de Minería con el AID.
Si hoy se comprueba que DIGESA, con verificación
técnica independiente, considera que no hay motivo
de “preocupación” y que las sombras levantadas
contra Sedapal carecen de sustento, ¿cómo
pueden imaginar los responsables de El Comercio, de que
se les ha dado la razón?
El contexto en que quedó planteada la denuncia sobre
el arsénico en el agua de Lima, es el de una campaña
periodística para lograr la privatización
de Sedapal.
El mayor argumento para poner en manos privadas un paquete
de las dimensiones de la empresa limeña del agua,
es que el Estado no cuenta con los recursos económicos
para ejecutar un programa de inversión como el que
se requeriría para el desarrollo del servicio.
A lo que suma la acusación de ser responsable de
la existencia de un sector de la población capitalina
que carece de acceso a las redes de agua y desagüe.
Sector compuesto por los asentamientos de conformación
más reciente, que carecen de saneamiento legal (titulación)
y se encuentran en zonas de acceso difícil. En estas
zonas están ejecutándose programas de extensión,
pero la campaña insiste en que se hace muy lentamente
y que los privados producirían el milagro de agua
para todos, en un abrir y cerrar de ojos.
La presión de la gran prensa y de los expertos privatizadores
no ha modificado, sin embargo, la opinión contraria
a la concesión de Sedapal, de más del 70%
de los habitantes de Lima. La gente está convencida
que esto no sólo traerá alzas bruscas en las
tarifas, sino que generará un monopolio de servicios
adicional a los que ya existen, con todas las cargas de
abuso que se han venido viviendo. Y que, por añadidura,
burlará la expectativa de los pobres sin agua.
La posibilidad de sembrar pánico con la idea del
agua envenenada no parece nada ingenua en medio del esfuerzo
por mover la opinión pública a aceptar la
opción privatista.
Un plato de rico ceviche contiene más arsénico
que si consumiéramos una jarra de agua de caño
distribuida por Sedapal, a lo largo del año.
Los minerales contenidos en cada botella de cerveza que
los peruanos consumimos plenos de entusiasmo, podrían
servir para organizar cualquier denuncia para provocar el
pánico.
Porque en ninguno de los dos casos hay realmente riesgo
para la salud.
La prensa puede ser también el más vil de
los oficios.
Es decir que puede usar su poder para fines subalternos,
de manipulación.
Seguramente muchos quisieran creer que El Comercio, simplemente
se equivocó con su “investigación”.
Pero si fuera así, lo único que habría
podido ocurrir es un reconocimiento público y un
pase de la página.
Pero no.
Como en toda su historia el viejo diario decide la realidad.
Por eso ellos tienen la razón aún en los casos
en que están equivocados.
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