El
nuevo año sorprendió al país con la asonada
liderada por Antauro Humala y el movimiento etnocacerista,
exigiendo la renuncia del Presidente. La toma de la comisaría
de Andahuaylas evocó acciones de Sendero Luminoso y
el MRTA, más allá de su ostensible carácter
golpista contra el orden democrático, sostenido en
la real debilidad e impopularidad del gobierno de Alejandro
Toledo.
El objetivo inicial de Humala –capturar
dos cuarteles del Ejército en la zona- fue cambiado
la misma noche del 31 de diciembre al constatar que las medidas
de seguridad habían sido redobladas en ellos, optando
entonces por la comisaría de la ciudad. La captura
concluyó, tras tensas negociaciones durante más
de 40 horas, con el lamentable saldo de 4 policías
y un reservista muertos. No se produjeron ni el alzamiento
militar que esperaba Humala dado el descontento imperante
por el tema de los ascensos (reivindicó la figura del
General Graham, cesado en el mando del Ejército), ni
menos la movilización de las masas disconformes con
el gobierno, quedándole al rebelde la ilusión
de repetir el camino de Chávez en Venezuela. Más
allá de los hechos, la asonada evidenció, una
vez más, algunos de los severos problemas que aquejan
a nuestra sociedad.
El movimiento humalista, que congrega a un
número indeterminado de reservistas de las Fuerzas
Armadas, se organizó hace algunos años alrededor
de un curioso discurso que combina elementos claros del nacionalismo
militar –la invocación a la figura ambigua del
Mariscal Cáceres que resistió la invasión
chilena del siglo XIX pero que también firmó
el entreguista contrato Grace, el aliento al sentimiento antichileno,
la crítica extrema a las transnacionales y a la inversión
extranjera, entre otros- con una peculiar versión indigenista
que habla sobre los indios y no desde ellos, caracterizándose
en su corta vida por su fuerte tono autoritario e intolerante
y por la similitud de muchos de sus símbolos y de su
teatralidad, con aquellos a los que recurrió el fascismo.
¿Cómo entender entonces su desarrollo y su cierta
convocatoria?
La profunda crisis de representación
que sufre nuestro país, el abismo que separa a los
políticos de la gente y su búsqueda de un orden
menos injusto y excluyente, constituye sin duda una explicación
parcial. La incapacidad del gobierno para prevenir conflictos,
más profundamente su enorme frivolidad, su servilismo
al gran poder económico y los crecientes indicios de
su corrupción, son elementos que contribuyen a entender
mejor la asonada que, todo parece indicarlo, había
sido advertida inútilmente por fuentes de inteligencia
del Ministerio del Interior. La incredulidad de la gente en
los políticos y en el Estado en general, su hartazgo
por su situación cotidiana, se encuentra a la base
de la atracción que ejercen movimientos autoritarios
como el etnocacerismo y figuras como la de Fujimori.
Humala y los suyos tendrán que ser
castigados por la justicia, diferenciadamente, de acuerdo
a sus responsabilidades. Más allá de tal hecho,
sin embargo, cabe preguntarse cuales son los imperativos que
tiene el sistema democrático ahora que, una vez más,
se muestra exánime e incapaz de avanzar en la inclusión
real de vastos sectores de la población nacional. El
cambio de gabinete es un imperativo del cortísimo plazo.
Carlos Ferrero y los ministros que lo acompañan perdieron
la muy escasa legitimidad que ya tenían antes de la
asonada. El nuevo gabinete, que debe ser concertado con las
distintas fuerzas políticas del país, debe asegurar
la estabilidad de un gobierno cada vez más precario
y garantizar un proceso electoral transparente, democrático,
conduciendo una transición que puede ahogarse en la
ineptitud y en la inequidad que irritan cada vez más
a la ciudadanía.
Simultáneamente, es necesario recuperar
la idea de una Asamblea Constituyente –elegida por voto
directo, secreto y universal- que asuma los cambios urgentes
que requiere el régimen político, social y económico,
establecido por la Constitución fujimorista de 1993.
La mayoría ciudadana no encuentra en el Congreso actual
un instrumento legítimo y representativo para hacer
este cambio constitucional que resulta indispensable antes
de las elecciones del 2006.
El oficialismo y buena parte de la oposición
están en la obligación de superar la indolencia
que ha caracterizado su acción los últimos meses,
esperando que “llegue” el cambio de gobierno sin
encarar los problemas sociales económicos, políticos
y de corrupción que nos aquejan. De no hacerlo, probables
nuevas asonadas y la propia radicalización de la lucha
social, ensombrecerán aún más el panorama
nacional. La derrota de Humala, consecuencia de su afán
de posicionarse políticamente a cualquier precio, puede
ser el fin de “su” película, no de las
razones que lo explican.
* Responsable del Área
de Iniciativas legales y Políticas del Grupo propuesta
Ciudadana. Investigador de desco.

|