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Economía y Sociedad
boletín de opinión
n° 41
Junio 2001
PRESENTACIÓN
La pobreza y la falta de empleo adecuado, dos
caras de una misma moneda, son quizá los principales problemas
sociales del Perú, y han estado en el centro del debate electoral
del 2001. La incidencia de la pobreza aumentó de 42% en 1985 a
55% en 1991. Durante el decenio de Fujimori, la estrategia liberal privilegió
el crecimiento económico, a veces en sectores poco generadores
de empleo, como la minería, con la idea de generar excedentes que
permitan una expansión del gasto público social. Con este
aumento del gasto, se combatiría a la pobreza, integrando a los
grupos sociales excluidos, en primera instancia, de los beneficios del
crecimiento. Efectivamente, el gasto social se triplicó entre 1993
y el año 2000, pasando de 1.462 a 4.346 millones de dólares.
Se estima que un 30% del total se dirigió a programas focalizados;
es decir, orientados exclusivamente hacia los pobres. A pesar de tal aumento
y del rápido crecimiento del PBI hasta 1997, la incidencia de la
pobreza cayó sólo hasta 51% en dicho año, para elevarse
nuevamente hasta 54% en el año 2000. ¡Diez años después
regresábamos al punto de partida y; peor aún, la tasa de
pobreza superaba en 12 puntos el nivel de mediados de los ochenta! Visto
desde el lado del mercado de trabajo, hacia fines de la década,
sólo el 15% de la población ocupada laboraba en empresas
privadas de 10 y más trabajadores, mientras que el 53% era independiente
urbano o rural.
Aunque no se lograron los resultados esperados, la estrategia de los noventa
contra la pobreza no fue necesariamente un fracaso. Por un lado, el rebrote
del año 2000 se dio luego de tres años de shocks externos
y recesión; y quizá sin los programas la situación
hubiese sido peor.
Por otro lado, la pobreza extrema 1 se redujo consistentemente, desde
24 a 15% entre 1991 y el año 2000, resultando en este último
año 4 puntos menor que en 1985. Probablemente, la estrategia tuvo
aciertos y debilidades, siendo necesario un balance que permita identificar
lecciones para el futuro.
Entre las principales interrogantes que surgen, cabe señalar: ¿Es
posible un patrón de crecimiento que genere más empleo,
disminuyendo la necesidad del gasto social como compensación para
los grupos sociales excluidos? ¿Cómo expandir el mercado
de trabajo asalariado? ¿Cuál debe ser la mezcla entre un
gasto social de inversión en capital humano (salud y educación)
o infraestructura (por ejemplo, caminos rurales), y un gasto más
asistencial (empleo temporal y apoyo alimentario)? ¿Cómo
evitar que este último genere comportamientos perversos de clientelismo
o dependencia? En el caso de los programas de lucha contra la pobreza,
¿qué proporción de pobres no ha sido beneficiada
y que fracción del gasto se ha filtrado hacia grupos no pobres?
En definitiva, ¿cuál ha sido el impacto sobre los niveles
de vida? Esta edición de la revista busca contribuir a la discusión
de estos tópicos. Los primeros cinco artículos son resúmenes
de investigaciones promovidas por el Consorcio sobre estos temas. El sexto
analiza la difícil relación entre la esfera de la investigación
y el mundo real de las políticas sociales.
El estudio de Chacaltana (CEDEP) evalúa el desarrollo e impacto
del gasto contra la pobreza a fines de los noventa. Estima que entre 70
y 80% de los pobres tuvieron acceso a los programas en cuestión.
Aunque lograron una buena focalización geográfica, los programas
mostraron altas tasas de filtración (58%) hacia hogares no pobres.
Las iniciativas, en particular las de apoyo alimentario, han estado más
orientadas al alivio que a la superación de la pobreza, sin desarrollar
las capacidades ni aumentar los activos de los hogares pobres. Además
de reducir las filtraciones hacia los hogares no pobres, el autor recomienda
incidir en la adecuación y calidad de la obra o recurso proporcionado,
corrigiendo deficiencias en la selección, ejecución y supervisión
de los proyectos.
Aritomi y Díaz (GRADE) muestran que la desigualdad en la distribución
del ingreso entre familias se reduce al incluir las transferencias del
Estado en educación, salud y alimentación. Sin embargo,
dicha reducción es pequeña. Además, se observa que
el gasto en educación no es siempre progresivo, en particular en
la educación superior. Del mismo modo, el gasto en salud es progresivo
en las consultas en centros y puestos de salud, mas no así en los
hospitales.
El trabajo de Tanaka (IEP) subraya que el grado de complejidad de la comunidad
es la variable clave para entender la participación popular en
las políticas sociales. Distingue tres niveles de complejidad (baja,
media y alta) a los que corresponden distintos tipos de participación:
colectiva generalizada, intermediación y pluralismo. En los contextos
más complejos, la participación supone compromisos con líderes
sociales que actúan como intermediarios entre la población
y los agentes externos (Estado, ONGs), surgiendo la posibilidad de predominio
del interés particular de dichos líderes.
Espino (PUCP) explora las razones de las diferencias salariales en Lima.
Entre 1991 y 1997, el salario del 20% más rico ha sido unas diez
veces mayor que el del quintil más pobre. Parte de esta brecha
se debe a diferencias en el capital humano del trabajador, pero otra parte
obedece a la segmentación del mercado laboral, es decir, a la inserción
del asalariado en el sector moderno o tradicional del aparato productivo.
Además, la propia tasa de retorno a la educación es 6 puntos
porcentuales mayor en el primero con respecto al segundo. En ese sentido,
las políticas de educación y capacitación son insuficientes
para mejorar los ingresos, si al mismo tiempo no se asegura un entorno
favorable al desarrollo del sector moderno de la economía.
El desempleo urbano en el Perú ha sido casi siempre analizado de
manera estática, lo que conduce a subestimar la gravedad del problema.
Díaz y Maruyama (GRADE) lo examinan dinámicamente, seleccionando
un mismo grupo de familias (panel) que son entrevistadas 4 veces en un
año. Así, el porcentaje de la PEA urbana afectada por el
desempleo en algún momento del año alcanza 14%, frente a
una tasa de desempleo de 9%, según la definición habitual.
La duración media de cada episodio de desempleo es 13,5 semanas,
y alrededor de la mitad de las personas que lo sufren pasan a la inactividad.
Por último, el artículo de Bezanson discute la relación
entre los investigadores de las ciencias sociales y los responsables de
las políticas públicas. El autor examina los cambios ocurridos
durante las últimas décadas; las diferencias culturales
y de incentivos entre ambos mundos; y concluye identificando "diez
mandamientos" para los investigadores que deseen incrementar su influencia
en los procesos de decisión política.
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Carlos
E. Aramburú
Director Ejecutivo
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Javier
Portocarrero Maisch
Director Adjunto
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documento)
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CONTENIDO
PRESENTACIÓN
Más alla
de la focalización: performance e impacto del gasto focalizado
de lucha contra la pobreza
Juan Chacaltana (CEDEP)
¿Pueden los
programas sociales reducir las diferencias en la distribución
de los ingresos?
Tami Aritomi y juan José Diaz (GRADE)
Participación
popular en las políticas sociales.
Cuándo puede ser democrática y eficiente y cuándo
todo lo contrario
Martín Tanaka (IEP).
Dispersión
salarial, capital humano y segmentación laboral en Lima.
Juan Pedro Espino (PUCP)
La dinámica
del desempleo urbano en el Perú:
tiempo de búsqueda y rotación laboral
Juan José Díaz y Eduardo Maruyama (GRADE)
La investigación
y los responsables de políticas sociales: ¿un diálogo
de sordos?
Keith A. Bezanson
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