Los
objetivos de la política fiscal no deben limitarse
sólo a moderar las fluctuaciones de la economía
y a cumplir con las obligaciones de largo plazo. Es importante
que la política fiscal busque también recuperar
el papel del Estado como proveedor de servicios básicos
de educación, salud, agua y saneamiento. Lo que me
lleva a esta reflexión es la política fiscal
de los últimos años, una de las más irresponsables
de la historia moderna del país. Se privatizó
y se gastó mal lo que se obtuvo. Se pudo haber prepagado
la deuda pública externa o se pudo haber invertido
en infraestructura básica, pero en lugar de eso se
dilapidó el dinero.
La disminución del déficit que
tuvo lugar hasta el año 97 no fue producto de una política
tributaria responsable o de una gestión eficiente del
gasto, sino del uso de los ingresos de las privatizaciones
para financiar gastos con objetivos exclusivamente políticos.
La política fiscal de esos años, que en lugar
de moderar las fluctuaciones de la economía las acentuó,
dio lugar a una caída espectacular de la inversión
pública. En el primer lustro de los años noventa,
esta inversión se aproximaba al 5% del producto bruto
interno (PBI) y ahora representa sólo el 2.9% del PBI.
Como resultado, aumentó el déficit de infraestructura
de salud, de educación, de agua, de saneamiento, de
electrificación, etc. Esto tiene que cambiar. Se debe
recuperar la participación de la inversión pública
hasta por lo menos 5% del PBI. Para ello debe cambiar la estructura
de financiamiento del gasto público total e introducirse
una regla de política fiscal que suavice las fluctuaciones
de la economía, es decir una política fiscal
contracíclica.
Para cambiar la estructura del financiamiento
del gasto público total hay dos mecanismos. El primero
es aumentar la duración de la deuda pública;
es decir, disminuir sustantivamente su riesgo de refinanciamiento
ya que la deuda pública se encuentra concentrada en
los próximos 7 u 8 años. Por ejemplo, la magnitud
del servicio de la deuda en el año 2006, asciende a
más o menos 3% del PBI. Esto es demasiado en un país
que ha acrecentado su déficit de infraestructura social.
Las operaciones de reperfilamiento son las que permiten aumentar
la vida media de la deuda y para ello la deuda pública
doméstica es el instrumento fundamental. La expansión
y desarrollo de esta última puede permitirnos matar
dos pájaros de un tiro. Por un lado, cuando aumenta
el peso de la deuda interna en el total, disminuyen sus riesgos
de mercado, es decir, el riesgo cambiario y el riesgo tasas
de interés. Estos últimos existen porque la
deuda, que es fundamentalmente externa, está pactada
en monedas distintas al sol y parte importante de la misma
está pactada a tasas de interés variables. Por
otro lado, si se sustituye la deuda externa por deuda interna,
se puede alargar también la vida media de la deuda
total. En suma, con las operaciones de reperfilamiento estaríamos
haciéndole un mayor espacio a la inversión pública
para recuperar sus niveles históricos. Imaginemos que
con dichas operaciones se ahorren recursos equivalentes a
un punto, o un punto y medio del PBI, entonces, en lugar de
destinar esos recursos al pago de los servicios corrientes
de la deuda año tras año, estaríamos
destinándolos a la inversión pública.
El segundo mecanismo para cambiar la estructura
de financiamiento del gasto público total es el aumento
de la presión tributaria. Se debe fomentar la cultura
tributaria y combatir la evasión y la elusión,
al mismo tiempo que se modifica la composición de la
estructura tributaria aumentando el peso de los impuestos
directos. Además, se debe introducir un impuesto a
las sobreganancias en la explotación de recursos naturales,
así como eliminar las exoneraciones sectoriales y regionales
que no cumplen su cometido.
Finalmente, para impedir que la inversión
pública siga disminuyendo, hay que introducir una regla
contracíclica en la ley de responsabilidad y transparencia
fiscal. Esta regla debe estar basada en el superávit
estructural que hace sostenible la política fiscal.
En un régimen de tipo de cambio flexible, la mejor
recomendación que proviene de la teoría, es
contar con estabilizadores automáticos y, por supuesto,
en este caso es mucho más potente aplicar una regla
fiscal contracíclica que estar pensando en sanciones
a los funcionarios que incumplen con las metas fiscales.

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