Lima - 06 / 05/ 2003
La agresión norteamericana a Irak y el inicio de una
nueva era en las relaciones internacionales
Jorge Valdez

Las variadas interpretaciones del porqué Estados Unidos atacó a Irak podrán subsistir por un tiempo. Después de todo, no resulta incompatible la búsqueda de la seguridad energética norteamericana con la postulada “modernización” y "democratización" del mundo árabe que algunos sueñan en Washington.

Naturalmente, queda aun por comprobar si la materialización de una u otra de esas hipótesis remanentes será posible y, de ser el caso, la respectiva sostenibilidad en el tiempo que pueda alcanzar cada realización. Los alcances son diferentes y consiguientemente los son las posibilidades respectivas. En todo caso ha quedado comprobado ante el mundo que no fue la atribuida y hasta ahora infundada tenencia de armas de destrucción masiva por Bagdad el motivo de la guerra, sino el simple pretexto para llevar a cabo un acto de agresión .

Es también obvio que el orden internacional, representado por el sistema de paz y seguridad colectiva que se construyó al final de la segunda guerra mundial, ha sido severamente afectado -si es que no ha colapsado, solo el tiempo lo dirá-. La eficacia futura de un esquema colectivo dependerá en gran medida de la creatividad y el tesón que muestren los demás países para confrontar los impulsos imperiales de los Estados Unidos, en la defensa de un sistema internacional representativo de intereses globales de seguridad y no solamente de la potencia hegemónica mundial.

En todo caso, más allá de los juicios de valor, un sistema de seguridad colectiva puede responder cuando menos a dos arquitecturas alternativas. Una, avasalladora y basada en la potencia dominante, que equivale hoy a una “Pax Americana”; y otra, que resguardando la soberanía de los Estados, se construya a partir de la renuncia al uso de la fuerza por todos sus integrantes y por la adhesión a principios que permitan atender cualquier controversia por vías pacíficas.

La primera opción, representa un orden definido exclusivamente por la fuerza. Ella trae consigo la necesidad de que el poder dominante privilegie sus necesidades militares por encima de cualquier otro factor. En ello reside su propia subsistencia. Coincide con la lógica y la dinámica que han signado en la historia la declinación y decadencia de todo imperio. Estos son procesos largos, pero de curso inexorable.

La segunda, conceptualmente en el núcleo de lo que son las Naciones Unidas, representa un razonamiento que busca que todos sean ganadores en el proceso. Y no debiera ser otra la manera como se organice el sistema. La fuerza, según esta doctrina, solamente es permitida para la legítima defensa o como resultado de la decisión colectiva. Si esa decisión proviene de un cuerpo con las características del actual Consejo de Seguridad u otras, es algo que ofrece las más variadas posibilidades y amerita una fascinante reflexión aunque ajena a este comentario.

Sin embargo, no deben ser esas las únicas condiciones que inspiren un sistema de seguridad colectiva. Tal sistema debiera reposar en todos los demás principios que reseña la Declaración sobre los Principios de Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad y a la cooperación entre los Estados y que incluyen la obligación de no intervenir en los asuntos de jurisdicción interna de los Estados; la de cooperar entre sí, conforme lo invoca la Carta de la ONU; la observancia de la igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos; de la igualdad soberana de los Estados; y la de cumplir de buena fe las obligaciones que asume todo Estado.

Pero, sin embargo, la soberbia propicia una visión de autosuficiencia que conduce necesariamente a la militarización y con ello al agotamiento de recursos en la militarización de la política y, finalmente, a la decadencia de la propia potencia.

Por ello, toda posibilidad de recuperar un sistema que repose sobre principios universalmente legítimos, reside hoy en conseguir que la potencia mundial reconozca aquella interdependencia con los demás que tanto ha pregonado en el pasado. Para quienes no vivimos en los Estados Unidos parecería obvio que ese país, necesita de la comunidad internacional para seguir adelante, para prosperar y continuar ofreciendo a sus habitantes los elevados niveles de consumo que han alcanzado. No pueden prescindir de las manufacturas asiáticas, ni de los demás mercados para su producción de bienes y servicios. Todo poder tiene límites, inclusive su enorme poderío militar en sus alcances globales. Es en ese aspecto donde reside el poder de los demás países para conducir hacia situaciones en las que todos puedan percibir que son ganadores y no víctimas del despojo o de una arbitraria redefinición del concepto de soberanía, como pareciera estar ocurriendo en estos tiempos. Pero ello requiere de un nivel de firmeza y concertación de voluntades que al menos ahora pareciera inalcanzable.

No cabe duda que estamos ingresando a una nueva era. Cuanto se prolongue en el tiempo dependerá del curso que se le imprima. La victoria de los Estados Unidos en Irak no será tal si persiste en la soberbia y la humillación de un pueblo que antes de ver la efigie de su dictador derribada, tuvo penosamente que presenciar como era envuelta en la bandera de los Estados Unidos. Las señales posteriores de Washington, que incluyen amenazas a los vecinos de Irak y la anunciada intolerancia a la elección popular de un eventual régimen teocrático en Bagdad, no son, desafortunadamente, las señales que hubiera querido el resto del mundo y menos aún los países árabes. Pero la historia no se escribe en un día y esperemos que conforme pase el tiempo, aun la arrogancia del vencedor le permita ver que el inestable suelo sobre el que hoy reposa su victoria puede fácilmente convertirse en arena movediza.