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Las variadas interpretaciones del porqué
Estados Unidos atacó a Irak podrán subsistir
por un tiempo. Después de todo, no resulta incompatible
la búsqueda de la seguridad energética norteamericana
con la postulada “modernización” y "democratización"
del mundo árabe que algunos sueñan en Washington.
Naturalmente, queda aun por comprobar si la
materialización de una u otra de esas hipótesis
remanentes será posible y, de ser el caso, la respectiva
sostenibilidad en el tiempo que pueda alcanzar cada realización.
Los alcances son diferentes y consiguientemente los son las
posibilidades respectivas. En todo caso ha quedado comprobado
ante el mundo que no fue la atribuida y hasta ahora infundada
tenencia de armas de destrucción masiva por Bagdad
el motivo de la guerra, sino el simple pretexto para llevar
a cabo un acto de agresión .
Es también obvio que el orden internacional,
representado por el sistema de paz y seguridad colectiva que
se construyó al final de la segunda guerra mundial,
ha sido severamente afectado -si es que no ha colapsado, solo
el tiempo lo dirá-. La eficacia futura de un esquema
colectivo dependerá en gran medida de la creatividad
y el tesón que muestren los demás países
para confrontar los impulsos imperiales de los Estados Unidos,
en la defensa de un sistema internacional representativo de
intereses globales de seguridad y no solamente de la potencia
hegemónica mundial.
En todo caso, más allá de los
juicios de valor, un sistema de seguridad colectiva puede
responder cuando menos a dos arquitecturas alternativas. Una,
avasalladora y basada en la potencia dominante, que equivale
hoy a una “Pax Americana”; y otra, que resguardando
la soberanía de los Estados, se construya a partir
de la renuncia al uso de la fuerza por todos sus integrantes
y por la adhesión a principios que permitan atender
cualquier controversia por vías pacíficas.
La primera opción, representa un orden
definido exclusivamente por la fuerza. Ella trae consigo la
necesidad de que el poder dominante privilegie sus necesidades
militares por encima de cualquier otro factor. En ello reside
su propia subsistencia. Coincide con la lógica y la
dinámica que han signado en la historia la declinación
y decadencia de todo imperio. Estos son procesos largos, pero
de curso inexorable.
La segunda, conceptualmente en el núcleo
de lo que son las Naciones Unidas, representa un razonamiento
que busca que todos sean ganadores en el proceso. Y no debiera
ser otra la manera como se organice el sistema. La fuerza,
según esta doctrina, solamente es permitida para la
legítima defensa o como resultado de la decisión
colectiva. Si esa decisión proviene de un cuerpo con
las características del actual Consejo de Seguridad
u otras, es algo que ofrece las más variadas posibilidades
y amerita una fascinante reflexión aunque ajena a este
comentario.
Sin embargo, no deben ser esas las únicas
condiciones que inspiren un sistema de seguridad colectiva.
Tal sistema debiera reposar en todos los demás principios
que reseña la Declaración sobre los Principios
de Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad
y a la cooperación entre los Estados y que incluyen
la obligación de no intervenir en los asuntos de jurisdicción
interna de los Estados; la de cooperar entre sí, conforme
lo invoca la Carta de la ONU; la observancia de la igualdad
de derechos y libre determinación de los pueblos; de
la igualdad soberana de los Estados; y la de cumplir de buena
fe las obligaciones que asume todo Estado.
Pero, sin embargo, la soberbia propicia una
visión de autosuficiencia que conduce necesariamente
a la militarización y con ello al agotamiento de recursos
en la militarización de la política y, finalmente,
a la decadencia de la propia potencia.
Por ello, toda posibilidad de recuperar un
sistema que repose sobre principios universalmente legítimos,
reside hoy en conseguir que la potencia mundial reconozca
aquella interdependencia con los demás que tanto ha
pregonado en el pasado. Para quienes no vivimos en los Estados
Unidos parecería obvio que ese país, necesita
de la comunidad internacional para seguir adelante, para prosperar
y continuar ofreciendo a sus habitantes los elevados niveles
de consumo que han alcanzado. No pueden prescindir de las
manufacturas asiáticas, ni de los demás mercados
para su producción de bienes y servicios. Todo poder
tiene límites, inclusive su enorme poderío militar
en sus alcances globales. Es en ese aspecto donde reside el
poder de los demás países para conducir hacia
situaciones en las que todos puedan percibir que son ganadores
y no víctimas del despojo o de una arbitraria redefinición
del concepto de soberanía, como pareciera estar ocurriendo
en estos tiempos. Pero ello requiere de un nivel de firmeza
y concertación de voluntades que al menos ahora pareciera
inalcanzable.
No cabe duda que estamos ingresando a una
nueva era. Cuanto se prolongue en el tiempo dependerá
del curso que se le imprima. La victoria de los Estados Unidos
en Irak no será tal si persiste en la soberbia y la
humillación de un pueblo que antes de ver la efigie
de su dictador derribada, tuvo penosamente que presenciar
como era envuelta en la bandera de los Estados Unidos. Las
señales posteriores de Washington, que incluyen amenazas
a los vecinos de Irak y la anunciada intolerancia a la elección
popular de un eventual régimen teocrático en
Bagdad, no son, desafortunadamente, las señales que
hubiera querido el resto del mundo y menos aún los
países árabes. Pero la historia no se escribe
en un día y esperemos que conforme pase el tiempo,
aun la arrogancia del vencedor le permita ver que el inestable
suelo sobre el que hoy reposa su victoria puede fácilmente
convertirse en arena movediza.

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