“Divorcio
entre la política y la economía” ha sido
la frase más utilizada para calificar la gestión
del régimen actual. Tal afirmación es falsa.
La política –en un sentido amplio- ha influido
en que la economía no responda con mayor vigor al ciclo
económico expansivo iniciado bajo el gobierno de Toledo.
Destaca el quiebre de la recesión a
fines del 2001, en un contexto internacional y regional adverso.
Sin embargo, luego de un auspicioso comienzo, con una tasa
de crecimiento del 4,9% en el 2002, la economía no
ha podido remontar tal tasa. Se desaceleró durante
el 2003 y en un contexto internacional inmejorable hasta agosto
de 2004, tampoco se esperan mejores tasas de crecimiento.
Lamentablemente se ha perdido el sustento
político más rápido de lo esperado por
las siguientes razones: los errores del gobierno (escándalos
morales y actos de corrupción) una imagen de inoperancia
del Congreso y del principal líder de la oposición,
propuestas populistas y discursos adversos a la inversión
privada. Más aún, tal debilitamiento está
enmarcado en un proceso de desconfianza de la población
con casi todas las instituciones del país. La baja
respuesta de la inversión privada es explicada en buena
parte por la incertidumbre sobre el rumbo de la política
económica. La misma incertidumbre que existe sobre
el rumbo de la política en general.
En este marco se viene desarrollando la economía nacional
la cual ha pasado por etapas diferenciadas de crecimiento
en el presente gobierno. La primera es una expansión
económica desde el tercer trimestre del 2001 hasta
el primer trimestre del 2003. Los factores que influyeron
en ella fueron el hecho que el PBI real estuviera por debajo
del PBI potencial. Esto permitió tasas de crecimiento
relativamente elevadas a pesar que la inversión no
haya aumentado. Igualmente ayudaron al crecimiento las políticas
macroeconómicas expansivas, el ingreso de capitales
en la economía y el inicio de operaciones de los proyectos
mineros. La segunda etapa es una desaceleración económica
desde el segundo trimestre del 2003 hasta comienzos del 2004.
Esta se encuentra vinculada a una menor entrada de capitales
y a una política fiscal más rígida. Finalmente,
se estaría viviendo una tercera etapa de leve aceleración
hasta el primer trimestre del 2005, a pesar del repunte inflacionario
y el choque petrolero.
Desde fines del 2001 hasta lo que va del 2004
la política monetaria se ha adaptado para moderar las
fluctuaciones de la economía y alcanzar la meta de
inflación (entre 1,5% y 3,5%). En cuanto a política
fiscal, ésta ha sido expansiva desde el tercer trimestre
del 2002 y luego contractiva para reducir el déficit
fiscal. Ello refleja que las necesidades de financiamiento
siguen siendo importantes para el sector público. A
pesar de la trayectoria decreciente del déficit fiscal,
durante el 2005 los vencimientos de la deuda pública
hacen peligrar la viabilidad fiscal del país.
Las exportaciones internacionales han crecido
de forma constante aunque su impacto ha sido limitado ya que
su peso en el PBI es todavía pequeño. En el
mismo sentido el comportamiento de las importaciones ha reflejado
el mayor poder de compra. El resultado comercial, junto al
aumento de las transferencias del exterior ha ocasionado que
en los últimos años la cuenta corriente se acerque
al equilibrio. En cuanto al tipo de cambio real éste
se mantuvo aproximadamente constante frente a Estados Unidos
y aumentó respecto al resto del mundo. La acumulación
de reservas internacionales por parte del BCRP es un reflejo
de las fortalezas de la economía y del rol atenuador
del ciclo económico que ha jugado el instituto emisor.
En resumen, la economía peruana ha
mantenido un buen comportamiento macroeconómico durante
el gobierno de Toledo. Se ha roto el ciclo recesivo, la economía
se acerca a un equilibrio externo, mientras que la estabilidad
de precios se mantiene. Sin embargo, destacan tres problemas
macroeconómicos: la persistencia de una elevada dolarización,
posibles problemas de liquidez fiscal en 2005 y bajas tasas
de inversión. Sin hablar de la falta de políticas
sectoriales eficientes que dinamicen la actividad económica
y políticas sociales de mayor complejidad (educación
y salud).
El sector privado ha reaccionado tibiamente
a la mejora de la situación macroeconómica.
Por lo tanto, aunque se han logrado mantener tasas de crecimiento
de alrededor de 4,3% este no ha sido suficiente para equilibrar
el mercado laboral, lo cual mantiene las tasas de pobreza
casi inmutables y aumenta el descontento popular.

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