No
cabe duda que uno de los ejes principales de la “Reforma”
(o paquete) Tributaria es el polémico Impuesto a las
Transacciones Financieras (ITF). Su potencial para incrementar
la recaudación (se manejan cifras entre los 1,000 y
2,000 millones de S/.) y la información que proveería
a la SUNAT para detectar casos de elusión o evasión
impositiva, le han procurado un singular atractivo entre los
miembros del Ejecutivo. Sin embargo, no es un buen impuesto.
Es costoso para la economía y podría generar
una ficticia sensación de holgura fiscal que redundaría
en la postergación de decisiones de largo alcance acerca
del control de los gastos (léase, Reforma del Estado).
Este tipo de impuestos no es nuevo en América
Latina. Data desde inicios de la década de los ochenta
cuando Argentina lo implementa por primera vez en 1983 y posteriormente
en 1988 y 2001. Luego, han sido utilizados por Brasil (1994),
Venezuela (1994 y 1998), Colombia (1998) y Ecuador (1999).
En el caso peruano, ya fue utilizado en 1989 bajo la variante
del impuesto a los débitos bancarios y financieros.
El reestreno de este año (que durará hasta 2006),
tendrá características algo distintas. Primero,
se cobrará una tasa de 0.15% para cada operación
de crédito o débito a diferencia del 1% que
en promedio se cobró entre 1989 y 1992 a las operaciones
de débito. Segundo, se han ampliado las exoneraciones.
Actualmente son 23 y representan alrededor del 70% de la base
impositiva.
El principal costo: caída de
la intermediación financiera
El ITF es un impuesto selectivo al uso del
cuasidinero, cuya principal consecuencia macroeconómica
es la reducción de la intermediación o profundización
financiera. Ello sucede porque al aumentar los costos de transacción,
se contrae la demanda por servicios bancarios reflejándose
esto en un aumento en la preferencia del público por
circulante. Por ejemplo, en Colombia en la primera semana
de vigencia del impuesto el volumen de transacciones cambiarias
vía el sistema bancario cayó de US$ 170 millones
a US$ 30 millones y entre 1998 y 2000 (antes y después
de la introducción del impuesto), la liquidez total
medida como porcentaje del PBI cayó de 40% hasta 36%.
Mientras tanto, en Venezuela entre enero y diciembre de 1994
las tenencias de circulante por parte del público aumentaron
20% en términos reales, mientras que el cuasidinero
cayó en 8%.
Las consecuencias de la desintermediación
financiera sobre la salud económica del país
son importantes y variadas. Sin embargo, existen tres que
resultan importantes mencionar. Primero, condiciona los mecanismos
de transmisión monetaria y en dicha medida restringe
la capacidad del Banco Central de llevar adelante su política
monetaria. Segundo, encarece el crédito ya que caen
los fondos disponibles para préstamos. Si bien, la
holgada posición de liquidez de los bancos mitigaría
este efecto en el corto plazo, hay que estar atento a la velocidad
con que la caída de depósitos pueda producirse.
Tercero, reduce la eficiencia en el proceso de asignación
de recursos corriente (entre agentes que ofertan y demandan
recursos) e intertemporal (entre mismo agente dada su preferencia
por adelantar o posponer sus decisiones de consumo e inversión).
¿Tendrá efectos reales
sobre la economía?
Todo impuesto al alterar la asignación
de recursos al interior de una economía y reducir el
ingreso familiar disponible tiene un impacto negativo sobre
el nivel de actividad. Dada la tasa, el efecto individual
podría ser pequeño. Sin embargo, ciertas actividades
podrían verse seriamente perjudicadas. Por ejemplo,
aquellas empresas que trabajan con márgenes relativamente
pequeños, tienen elevados requerimientos de liquidez
y cuyos productos son muy sensibles al precio. Es decir, empresas
terciarias o comercializadoras que generan un valor agregado
relativamente pequeño.
Entonces, ¿por qué el
gobierno lo aplica?
En el Perú existen riesgos fiscales
de importancia. Si bien el déficit fiscal muestra una
tendencia decreciente, las necesidades de financiamiento son
cada vez mayores, con un posible pico en 2005. Este contexto
y la baja capacidad política del gobierno por controlar
sus gastos ha determinado que el Ejecutivo se convenza de
la urgencia por contar con una suma importante de dinero en
el corto plazo. En tal sentido, el ITF fue concebido como
la solución. A pesar de los incentivos que genera para
la evasión e informalización, este es un impuesto
de fácil recaudación que ha demostrado que en
poco tiempo puede generar incrementos de importancia en la
presión tributaria. Lamentablemente, como señal
es inadecuada ya que denota una escasa disposición
del gobierno para manejar sus niveles de gasto y aplicar políticas
de ingreso adecuadas.
Una reflexión final a manera
de recomendación
El riesgo económico implícito
es que el Ejecutivo pase de la sensación de escasez
a la ilusión de la abundancia, perjudicando el equilibrio
fiscal del gobierno y posiblemente volviéndose adicto
a la renovación del ITF. Por ello, tomando en cuenta
los serios costos económicos expuestos y también
la urgencia fiscal del gobierno resultará importante
que los recursos que genere no sean utilizados para financiar
gastos corrientes. En vez de ello, los recursos (aunque sea
parcialmente) deben ser ahorrados permitiendo una reducción
de las necesidades de financiamiento del gobierno. Luego,
delinear una Reforma de Estado en su sentido más amplio
y con la información que se obtenga tentar por una
“Reforma Tributaria” en serio que permita incrementar
la presión tributaria de manera permanente. Finalmente,
deberá trazarse desde ya un cronograma de reajustes
descendentes de la tasa que converja a “cero”
en 2006.

|